martes, 28 de agosto de 2007

UN EPÍLOGO NECESARIO

Lo de necesario es para mí, para acabar con la sensación de haber dejado algo sin terminar y para los que habéis seguido esta historia hasta el final y os merecéis saber como va la adaptación de Alberto.

Primero, los datos objetivos. Después de análisis, reconocimientos y visitas a varios hospitales, Alberto está encarrilado en los temas de salud. Tiene hipermetropía (4,5 dioptrías en cada ojo), motivada, probablemente, por la falta de estimulación en los primeros meses de vida. Todos los bebés nacen hipermétropes, pero los estímulos visuales hacen que vayan superando, en la mayoría de los casos, su defecto. El caso de Alberto no fue así, ya que pasó mucho tiempo en el hospital, sólo, con varias afecciones, nada más nacer. También tiene ojo vago, aunque como es tan pequeño es difícil determinar el grado de pérdida de visión que presenta. Esto nos preocupa menos, ya que con el parche se le irá corrigiendo hasta tener una visión normal. También tiene un estrabismo importante, que tendrá que ser corregido o bien con inyecciones de botox en el músculo que “tira de más” o, si esto no funciona, con una operación a los 5 ó 6 años.

Del resto, nos hemos llevado una pequeña sorpresita: es celiaco. Gracias a que, por indicación de Mafer fuimos al Niño Jesús, a la consulta del Dr. García Pérez –que es especialista en niños de adopción internacional- y allí le hicieron las pruebas de detección, hemos podido saberlo. Es la explicación a por qué es tan pequeñito para su edad (ya os contamos que está fuera de tablas por talla y peso) y a que cuendo le conocimos tenía el típico aspectode celíaco: distensión abdominal, nalgas escurridas, extremidades muy delgadas. Confiamos en que en con la dieta para celiacos, pegue el estirón, como buen ucraniano.

Esto no nos ha preocupado lo más mínimo. Salimos del hospital, cuando nos lo dijeron, con la misma cara con la que habíamos entrado. Sabemos que es un tema de disciplina y cuidado en la alimentación, un incordio para él y para nosotros, pero nada más. Comparado con otras cosas, esto es una chorrada. De momento ha pasado de pesar 8 kg cuando le conocimos a 12, en menos de tres meses.

Alberto ha llevado esto de los análisis y pruebas como todo: como un campeón. A pesar de que le dan miedo los médicos (algunas veces, se pone a llorar cuando alguien vestido de bata blanca le pone la mano encima), ha soportado análisis, extracciones, radiografías, vacunas, etc. muy bien. Es dócil cuando sabe que algo se tiene que hacer y punto, aunque se le nota que le debieron de hacer muchas perrerías cuando era pequeñito y estuvo mucho tiempo ingresado.

Después está lo importante: cómo va evolucionando en carácter. Cada día con él es agotador y es una delicia. Es un niño de dos años con unas enormes ganas de jugar, de querer, de ser querido, de ser feliz. Cada mañana, al despertarle, nos pide besos y abrazos, se ríe, señala los juguetes y se admira de verlos allí, en su habitación, para él. Dice con su lengua de trapo “¡Halaaa…!” y quiere cogerlo todo y ponerse a jugar. Ha pasado de ser un voraz y ansioso engullidor –como si cada comida fuera la última- a, simplemente, comer bien. Duerme 14 horas al día, 12 por la noche y 2 de siesta, lo que nos permite, al menos, descansar cuando está dormido, porque el resto el día es puro trajín de juegos, risas y enfados, ya que Alberto, como buen ucraniano, es más terco que un maño cabreado.

Su vocabulario va aumentando cada día: ya sabe decir si, no (que es lo que más oye al cabo del día), agua, pan, rico, hala, coche, pipi (que ahora es todo tipo de ave, no un coche), nene, árbol, flor, casa, caca, pís, a guardar, a jugar, a bañar, y un imperativo "¡vamos!" con el que ha aprendido que se puede dirigir a toda la familia llevándonos de su manita. Entiende casi todo lo que le decimos en español. Seguimos utilizando algunas frases en ruso, para que él lo tenga más fácil, como “pará spatz” (a dormir), “nakashú” (castigado), “ya tieva liubliú” (te quiero mucho), “láskava” (se delicado-cariñoso), “malchí” (cállate), “niet plievat” (no escupas) etc, pero también se lo decimos en español, para que vaya aprendiendo.

El mejor momento del día, para Maria, es al despertarle por la mañana o de la siesta: está muy cariñoso, dormidito, es muy achuchable y besable. Se levanta con el pelo revuelto y ojitos de sueño y su madre se lo come a besos, hasta que el torbellino se pone en acción. Para mí, el mejor momento es el del baño, por la noche, el masaje y el cuento de antes de dormir (los tres sentados en su cama, con él en medio, sujetando el libro, mientras señala los dibujos para que le digamos como se llaman las cosas). Cuando acabamos el cuento le ponemos la barrera de la cama, le damos a “koshka” (el gato de peluche que le compramos en Kiev), le decimos “pará spatz” y le damos los besos de buenas noches, pero él siempre pide más, nos llama y se señala la mejilla y cada vez que, ya desde la puerta, con la luz del pasillo, volvemos a darle un beso, se ríe y gime de puro gusto.

En general es muy bueno y obediente, aunque como todo niño de dos años es un torbellino que ha entrado como un ciclón en nuestras vidas. Hay que decirle mil veces al día que no haga esto o lo otro, siempre prueba hasta donde puede llegar, hasta donde le dejamos hacer. Es agotador a veces, pero tenemos la absurda conciencia de culpa de que no podemos quejarnos porque hemos conseguido nuestro sueño y ese sueño es precioso, razonablemente sano y muy cariñoso, así que nos sentimos obligados a no manifestar cansancio, a no quejarnos. Sobre todo su madre, se siente en la obligación de ser una “supermamá”, de hacerlo todo a la perfección, de que Alberto no sufra, no se caiga, no se haga daño… pero eso es imposible para un niño que tiene que probarse cada día –al igual que nos prueba a nosotros- y que aunque le digamos que no haga algo va a hacerlo en el momento en el que te descuides. Le he visto, muchas veces, haciendo cosas que le hemos prohibido, mientras el mismo se dice “no, no, no…”. Sabe que no lo debe hacer, pero lo hace… O sea, como los adultos.

Durante todos estos años de espera hemos oído, en innumerables ocasiones, a amigos y familiares quejarse de que sus hijos les agotaban, acababan con sus nervios, unas veces con razón y otras sin ella. Y, en muchas ocasiones nos decíamos “sus problemas son nuestros anhelos”. Así que, ahora, no nos creemos con “derecho” a quejarnos, aunque sabemos que es estúpido.

Una de las cosas que aprendes una vez que has adoptado, es que, efectivamente, tu familia es una familia especial. Me explico. Antes de adoptar, tú mismo te esfuerzas en pensar que un hijo adoptado es exactamente igual que un hijo biológico, que se le quiere igual, que los vínculos son iguales. Ahora que la adopción está “de moda” todo el mundo refuerza ese pensamiento que se repite como un mantra. Bueno, pues no es igual. Creo, porque no tengo hijos biológicos para comparar, pero entiendo que no es lo mismo, por muchas cosas.

Primero porque los padres adoptivos tenemos un déficit de “legitimidad”, es decir, tenemos que ganarnos la paternidad de nuestro hijo. Por eso nos molestan especialmente los comentarios del tipo “¿Y de su verdadera madre que sabéis?”. La respuesta es inmediata: “Su verdadera madre es esta que está a mi lado y que sufrió lo indecible para conseguir a su hijo.” “Ya, ya, no si lo digo por si hay alguna cosa así que le haya podido trasmitir…”, “¿Transmitir? Unos genes estupendos que hacen que sea el más guapo del mundo. Pero, ¿por qué quieres saberlo?” “No, no, por nada” “Ya. Pues entonces, nada”

También te sientes culpable por no haberlo engendrado, por no ser el “autor” de una criatura tan maravillosa. Ya sabemos que seremos los “autores” (junto con sus maestros, familiares, amigos…) de su educación y de su personalidad, de lo que crezca y de lo sano y fuerte que pueda llegar a ser, y que todo esto es mucho más importante que el fruto de una noche loca, de un descuido con los anticonceptivos, o de cumplimiento de las etapas de la vida sin mayores reflexiones, pero nunca seremos la causa de su origen.

Por eso, la preocupación por él, porque se recupere, porque olvide lo malo que le ha pasado, porque no sienta miedo, porque todo sea un futuro brillante y luminoso, es constante. Pero las horas son las mismas para todos y la energía es limitada, así que a veces, como todos los niños, Alberto nos cansa, nos frustra, nos irrita. Y, a veces, inconscientemente, nos sentimos mal al castigarle, al darle un azotillo cuando ha hecho algo realmente grave para él y ya no tienen valor las palabras, al sentirnos cansados. Se pasará con el tiempo y soy consciente de que las cosas tienen que ser así.

Por eso no somos una familia "normal"; tenemos la necesidad y la obligación de conseguir la adpatación mucho más rápido que los demás, tenemos que sentir que lo estamos haciendo bien, que nos lo merecemos, ya que a nuestro hijo "nos lo han dado", tenemos que superar todas los cansancios y frustraciones sin una queja, porque no tenemos derecho a quejarnos. Es estúpido, ¿verdad?. Ya, pero explícale tú al corazón todas estas cosas y algunas más que no detallo para no dar muchas vueltas a la rueda.

Alberto ocupa nuestro pensamiento en cada momento. Cuando, a lo largo del día, me siento cansado de trabajar, me acuerdo de él, de su sonrisa, y se me pasa. Por la noche, he encontrado un medicamento perfecto que cura mi antes permanente insomnio: me pongo a pensar en él, en las cosas que hemos hecho a lo largo del día, en como aprende, en su risa, en sus besos y me duermo como un bendito. Alberto ocupa nuestras conversaciones, nuestras preocupaciones, nuestro tiempo. Es como un gas dentro de una cámara: se expande en nuestra vida y en nuestro corazón, llenando todos los huecos que teníamos.

Es un payasete al que le gusta hacer reír y reírse. Es muy expresivo e imita a la perfección todo tipo de ruidos y onomatopeyas. También me imita a mí. Si me enfado, imita mi gesto adusto y luego se ríe, para ver si, haciéndome reír, se me pasa el enfado. Si me siento a su lado, y cruzo las piernas, él las cruza. Si estornudo, estornuda. Si le digo “Jesús”, él repite “Gesú”. Y así nos pasamos el día, mondados de risa, con un mono de repetición con cara de ángel que me hace reír como sólo sabía hacerlo mi querido, llorado, añorado, amigo Alberto.

Le gusta la música (ha aprendido que nos hace gracia que baile, así que cada vez que puede se mueve con la misma gracia que Boris Yeltsin cargado de vodka), lanzar cosas y que se las traigan, hacer reír, que nos sentemos su madre y yo a cada lado para leerle un cuento, para jugar. No le gustan los médicos, el ruido de la aspiradora o del secador, los sabores ácidos, la gente que quiere abrazarle sin jugar antes con él.

Si le quisiera más, sentiría algún dolor físico; no se donde, probablemente en el pecho, cerca del corazón.

Maria y yo comentamos que se nos olvida que le hemos adoptado, que sentimos que lleva con nosotros desde que nació, como si no hubiera tenido ese antecedente tan desgraciado del abandono y el internamiento. Pero es lo que sentimos, probablemente porque él nos lo hace sentir.

¿Por qué? Supongo que porque cuando tiene miedo de algo (de un ruido fuerte, de un coche que está cerca…) se agarra a mis piernas y quiere que le coja en brazos, donde se siente protegido; porque cuando quiere subir a un columpio o a una escalera me mira y me tiende su manita para que le ayude; porque cuando acabo de bañarle y le doy un masaje con crema nos reímos hasta llorar, él por las cosquillas –es hipersensible al tacto- y yo por verle reír a él; porque me besa cuando me enfado con él para que se me pase el enfado; porque comparte sus juguetes cuando se lo pido; porque es capaz de hacer sonreír a su madre cuando, cansada al final del día, le leemos un cuento (casi siempre el mismo, para darle tranquilidad) hace alguna onomatopeya, dice una palabra nueva con su lengua de trapo; porque le encanta la música y cuando vamos en coche SIEMPRE tenemos que tener música puesta si no queremos que el señorito que va atado en la silla de atrás proteste airadamente; porque le da besos y abrazos a Gos, a nuestro perro; porque sin venir a cuento, me mira, se ríe, y hace alguna tontería para que me ría yo también; porque tiene personalidad a pesar de ser un mico de dos años y se le nota en como influye en los demás; porque se alegra y grita de entusiasmo cuando llego a casa, cada día; porque se le olvidan rápidamente los sustos y los disgustos y es capaz de reír con cualquier cosa, porque tiene un ansia infinita de querer, de ser querido, de ser feliz.

No se. Porque es nuestro hijo, el hijo que tanto añorábamos y que, sin duda, ha superado nuestras mayores expectativas por guapo, listo, cariñoso, bueno. Maria y yo comentamos, muchas veces que seguro que si hubiéramos tenido hijos biológicos no hubiéramos tenido tanta suerte con ellos como hemos tenido con Alberto. Y no es por animarnos o darle un falso valor a la alternativa “de sustitución” que hemos tenido, como les pasa a algunas personas cuando, para consolarse con lo que tienen, desdeñan aquello que no pudieron tener. No, no. Estamos convencidos de ello.

A veces no puedo evitar pensar que Alberto está con nosotros de visita, que algún día se irá; como si fuera uno de nuestros sobrinos que, irremediablemente, volverá con sus padres y nos querrá, lejanamente, como se quiere a unos tíos, sin la necesidad física de su contacto, de su voz, de su presencia. Como si tuviera la sensación de que algún día su habitación volverá a estar vacía, con Maria y yo mirando desde la puerta, como antes de que llegara a llenar toda la casa y nuestra vida. Parece como si no tuviéramos derecho a tanta felicidad

Somos felices, estamos felices. Él es un niño feliz, que por las noches, cuando le acostamos suspira de felicidad. Y nosotros igual.

Gracias, Señor, por la Gracia con la que nos has regalado. Esperamos hacernos merecedores de ella con nuestro trabajo y nuestro amor.

Hasta siempre.


Cacha

















martes, 26 de junio de 2007

VUELTA A CASA

Los últimos días en Kiev fueron como los “minutos basura” de los partidos de baloncesto, esos en los que el resultado está ya decidido y los jugadores matan el tiempo correteando por la pista; los entrenadores suelen aprovechar este tiempo para hacer descansar a los titulares y dar oportunidades y minutos a los suplentes. Lo malo es que en nuestro caso, no había suplentes en los que descansar, así que nos dedicamos a hacer las últimas gestiones y a seguir acostumbrándonos unos a otros.

Fuimos con Yulia a sacar los billetes, a solicitar a la embajada de España la traducción de los documentos oficiales que le declaran hijo nuestro, a hacer las últimas compras para el viaje. Cada paseo con Alberto por el centro de Kiev –con él acodado en su carrito, contemplando absorto el mundo exterior- nos hacía recordar los estados de ánimo y las sensaciones que teníamos cuando estuvimos en esos mismos lugares, sin él, sin ni siquiera saber de su existencia, con la incertidumbre de saber si volveríamos a España con nuestro hijo y un proyecto de familia o sin él y con un fracaso difícil de superar. No podíamos evitar acordarnos de las conversaciones –a corazón abierto, con la verdad y la autenticidad del cariño y la comprensión- que habíamos tenido con nuestros queridos amigos burgaleses, con quien tantas cosas compartimos y sufrimos en esos días. ¡Qué diferencia, cómo te cambia la vida en unas horas! Aunque para que ese cambio se produzca, han tenido que pasar tantos años y consumir tanto tesón…

Estuvimos en el parque que hay a la espalda de San Miguel –la Iglesia ortodoxa donde pusimos nuestra primera velita para pedir por Alberto-, un parque que Maria y yo habíamos visitado varias veces durante nuestras anteriores estancias en Kiev. No pude evitar repetir una fotografía que le hice en aquellos días delante de una estatua de una madre con su hijo en brazos, pero esta vez con Alberto en los suyos. ¡Qué cambio, qué diferencia de vida!

En la Embajada de España en Ucrania, recibimos uno de los peores tratos que hemos sufrido en Ucrania y tenía que ser, precisamente, de manos de nuestros compatriotas. Después de presentarnos a las 10:00 para entregar la documentación que debía ser traducida y legalizada por la embajada, nos dicen que tenemos que recogerla a las 12:00. OK, dos horas de espera para cambiar los nombres y los números de expediente de los formatos oficiales que están hartos de traducir. Vale. Dos horas de calor, de jugar con Alberto en un mísero parquecillo a la espalda de la embajada y, sobre todo, dos horas en las que vimos lo mal organizado que tiene la embajada su atención a los ucranianos que tienen que solicitar su visado para visitar nuestro país. Les hacen esperar al sol, jugando con su tiempo, haciendo colas interminables para luego hacerles repetir el proceso por cualquier mínima duda. Pensábamos que sólo era para ucranianos el mal trato. Pues no.

Las traducciones no son un servicio gratuito que preste la embajada a los ciudadanos que pagamos con nuestros impuestos los salarios de los señores que allí trabajan, o al menos, pasan parte de la jornada laboral. No señor. Si Vd. quiere que le traduzcan unos documentos que luego le va a pedir la propia Administración, hay que pagar la traducción. ¡Pero encima es que hay que pagarlo en dólares USA, en un país en el que no funciona esa divisa y, por supuesto, no es nuestra moneda! Ya estaba avisado sobre el tema así que llevaba dinero también en dólares, pero, cuando llego a la caja a pagar, me atiende un señor -sorprendente por su color de piel, de raza negra, en medio de un país lleno de eslavos- que coge mis 154 $ con asco, los mira detenidamente, como si estuviera analizando el contenido molecular del papel moneda, me los devuelve y me dice un seco: “No valen”. “¿Perdón?”. Mirada de suficiencia, “No valen, siguiente”. “¿Cómo que no valen, no son de curso legal?”. Me pide los dólares con un gesto impaciente. “¡No ve, no ve, están manchados, pintados, esto no lo admite el banco!”. Me tira los billetes a través de la ventanilla del cristal blindado. Los recojo y los miro cuidadosamente. “Pero si están perfectos” Run-rún en la cola de veinte personas que tengo detrás de mi, en su mayoría ucranianos, que llevan toda la mañana esperando al sol. Coge los billetes Yulia y empieza a mirarlos muy despacito. Me señala alguna mínima manchita, menor que la cagada de una mosca, en alguno de ellos. “OK, se los cambio por otros”. Saco más billetes. Ni los mira. “Están mal, están igual”. Empiezo a cabrearme. “Pero si los he sacado del banco en España, están nuevos”. “Siguiente”. “Por favor, llame a su superior” “Para qué, se lo resuelvo yo” “Haga el favor de llamar a su superior” Coge el teléfono, habla con alguien. Vuelve a colgar y dice, “Siguiente”. Yulia me coge del brazo. “Venga, vamos al banco a cambiarlos”.

El banco estaba a cinco manzanas de allí, con Maria desriñonada de cargar con Alberto que, a estas alturas de la mañana (casi la una), muerto de calor, no quiere que le coja yo. En el banco cogen los billetes, dicen que están perfectos, pero que no me los cambian por otros, que tengo que cambiar euros por dólares. Yulia les cuenta la situación, la escenita de la Embajada. La cajera me mira con cara de comprensión y me cambia algunos billetes (cinco de diez por uno de cincuenta), para que el cajero vea que hemos cambiado algo. Caminata de vuelta. Mi familia al borde de la lipotimia. Cargo con Alberto aunque llora como un becerro, harto ya de todo.

Vuelta a repetir el proceso. Cuando me toca, le miro con mi mirada especial de “como me toques los cojones te juro que no sales vivo de aquí”. Mira los billetes por encima, me da el recibo y los documentos traducidos. Con sonrisa de hiena me dice: “Enhorabuena por su hijo”. No le contesto y le digo a Yulia: “Comprueba que todo está bien”. Repasa los documentos y afirma con la cabeza. Le vuelvo a mirar y le digo: “Dígame su nombre”. “¿Cómo?””Que me diga como se llama” “XXXXX, ¿para qué quiere saberlo?” “Dígame su nombre y sus apellidos, sabe que tengo derecho a saber quién me ha atendido”. Le muda el color de la piel (bueno, eso creo, aunque en un negro es difícil de apreciar) “XXXXX YYYY (nombre claramente guineano). ¡Glubs!” “Pues mire, XXXXX YYYY, voy a escribir en cuanto llegue a España al Ministerio de Asuntos Exteriores, quejándome de su actitud. Es impresentable que Vd., por capricho, me haya hecho andar cinco manzanas, con mi hijo acuestas, para cambiar unos billetes que sabe que son de curso legal. Es impresentable que no tenga en cuenta que los españoles le pagamos el sueldo y que, por tanto, lo menos que podemos exigir es que se nos trate correctamente y le aseguro que voy a ir personalmente a por Vd., para que no se olvide de mi. Buenos días.” Todo esto, con mi voz subiendo de tono hasta llegar, probablemente, a ser audible en el despacho del embajador.

Según salgo, aparece corriendo el superior, en este caso superiora, del alegre cajero caprichoso con los billetes. Mientras me dice, muy nerviosa, que me tranquilice, me empieza a dar unas explicaciones surrealistas de este pelaje: “Mire, el embajador, personalmente, va al banco a cambiar los billetes cada semana y ¡pásmese, no se los admiten! Así que o son perfectos o le tenemos que descontar de su sueldo a este señor (el alegre cajero, que andaba detrás de su jefa blandiendo, muy ofendido, su pasaporte español), por lo que claro, los billetes que nos entregan, tienen que ser perfectos y blablabla…”.

“Mire señora, después de oírla sólo puedo pensar que, o el embajador es más inútil aún de lo que me ha parecido al ver lo mal que funciona esto, o Vd. se cree que yo soy imbécil. En cualquier caso, no tengo más tiempo que perder con Uds., así que buenos días. Y por cierto, señor YYYY, ya me imagino que es español, lo de que le pagamos el sueldo es porque es Vd. un empleado público, no porque piense que es Vd. extranjero”.

El día siguiente, viernes, más minutos basura. Mucho calor, algunas compras para gastar los billetes del monopoly que aún nos quedaban y ¡preparación de maletas!. Alberto, por la tarde, se dedicó a chulearnos de varias maneras y formas, a cerrar y abrir todas las puertas, todos los cajones, todos los armarios, etc. Agotador. Así que a las 9:00, Alberto a la cama y nosotros a preparar las maletas una vez más, ¡la última! En esta ocasión, con ropa para tres, con sus juguetes, con sus pañales, en la bolsa que, amorosamente (y en azul, con su intuición acostumbrada) había preparado Maria en Madrid.

Nos despertamos de madrugada, a las 4:00 hora de Ucrania, después de una noche de poco dormir, con Alberto agitado –como si presintiera que algo iba a pasar- y nosotros preocupados por como se desarrollaría el viaje. Al fin y al cabo, un avión no es un coche, donde si el niño se pone becerro puedes parar en una cuneta a que se desbrave o a que se tranquilice, así que no parábamos de pensar en otras experiencias que nos habían contado en las que los niños lo pasaban muy mal, por dolores de oídos provocados por la presurización de la cabina, por los movimientos de las turbulencias, del despegue, del aterrizaje…

Después de que Igor nos llevase al aeropuerto, nos encontramos en la cola de facturación con unos amigos de Valencia que venían a por una niña (su segunda adopción), que volvían a España, felices y contentos, tras el juicio. En la cola, otras dos familias, una con una niña y otra con dos gemelas. Control de pasaportes, nos miran detenidamente, nos piden los documentos del niño, la sentencia, la partida de nacimiento, el certificado de adopción, el pasaporte. Se los doy, mira los papeles, me dice que esperemos y se va con ellos. Mira que les gusta hacerse los interesentes a estos de las aduanas, siempre. Vuelve al minuto. No hay problemas.

En el avión, nos sientan al lado del motor. Qué detalle han tenido estos de Ukranian Airlines, seguro que lo han hecho para que el dulce arrullo de los motores del viejo Mc-Donnell Douglas en el que volamos acunen a mi niño y le ayuden a dormir durante el vuelo.

Durante el despegue, le distraemos y hacemos que es un juego la aceleración del avión; él que es un santo, se ríe y manotea mientras el aparato coge velocidad en pista y se despega del suelo. Por fin camino de casa. Abandonamos Ucrania. Gracias, por darme a mi hijo. Gracias.

Por fin el avión finaliza al ascenso y nos podemos quitar los cinturones. Alberto se dedica a jugar con nosotros y, al poco rato, nos llega un olor sospechoso; yo, más acostumbrado a coger aviones por trabajo que con mi familia, de quien primero sospecho es de los dos tipos que van en la fila de delante. Al persistir el olor y hacernos sospechar que su origen no es un elemento temporal, sino permanente, miramos a Alberto, que, sintiéndose objeto de miradas inquisidoras, nos mira con su carita de angelito y se señale el pañal, diciendo “¡ca-cá!”. Maria Eugenia asume su papel de madre y se presta a levantarse para cambiarle, pero yo le digo: “No te preocupes, voy yo” y me siento un padre moderno, colaborador y todo eso, así que ella me mira con mirada de “¿estás seguro?”, yo pongo cara de James Bond jugando al póker en el Casino Róyale y le digo: “No te preocupes, seguro que en el lavabo hay un cambiador”.

Así que, armado de pañal y toallitas, avanzo por el pasillo del avión con Alberto y su carga radiactiva en brazos, mirando complacido –una ceja más alta que otra, media sonrisa de suficiencia, barbilla ligeramente levantada- al resto del pasaje, y asintiendo imaginariamente a las cuestiones que se plantean al ver a la pareja que formamos Alberto y yo. Si, efectivamente, este niño tan guapo es mi hijo; si, se ha cagado y por eso vamos hacia el lavabo con el pañal de repuesto en la mano; si, soy un padre dispuesto y actual, y voy a cambiarle yo.

Al entrar en el lavabo del avión, Alberto se pone a llorar como un descosido. Supongo que piensa que le está pasando eso con lo que le amenazaban sus cuidadoras cuando se portaba mal: “Va a venir un señor y te va a llevar a un sitio pequeño, oscuro y maloliente donde te comerá vivo”. El avión, que está reciclado para Ukranian Airlines después de su uso por una aerolínea portuguesa o brasileña (los letreritos del lavabo, los asientos, etc. estén en inglés y portugués), no tiene entre sus comodidades un lavabo con cambiador, así que, en medio de los llantos desconsolados de Alberto, le tumbo sobre la tapa del retrete mientras intento calmarle diciéndole tonterías con voz suave. En esto se enciende el letrerito del cinturón, el piloto anuncia turbulencias y el avión empieza a moverse un poco más de la cuenta. Alberto alberga dentro de su pañal un elemento de guerra biológica difícil de caracterizar por su color, olor y textura y empiezo a sentirme mareado. La azafata golpea la puerta y me dice en ruso algo a lo que no contesto, pues no la entiendo. Al rato vuelve a golpear otra vez y me dice en inglés que tenemos que volver a nuestro asiento y pregunta si todo va bien. La respondo que todo controlado mientras con una mano levanto las piernas de Alberto, con la otra retiro el pañal, con los dientes sujeto la toallita húmeda, tengo sus pantalones en el hombro y con una pierna sujeto el pañal limpio que se ha deslizado de la exigua repisa del lavabo.

Una vez limpio y con la carga depositada en el “waste disposal”, me dispongo a proceder a la fase dos de la operación y le pongo el pañal limpio. Alberto, gracias a Dios, deja de llorar, lo que interpreto como que voy haciendo bien las cosas, lo que aumenta mi confianza y, de repente, me mira muy fijamente, se tira un pedete que tumbaría a una vaca en un prado y se caga, sin piedad, en el pañal limpio y parte del extranjero. Le intento levantar corriendo para que no manche la tapa del wc y compruebo, con disgusto, que al estar el pañal medio puesto, se ha manchado la espalda de mierda, la tapa, el pañal, la camiseta….

Situación de crisis. No te preocupes, Cacha, que tú sabes manejar situaciones de crisis. Dios, que hago ahora. Al entrar tenía un niño limpio y dos pañales y ahora tengo un niño lleno de mierda y ningún pañal. La azafata vuelve a golpear la puerta, ahora con mayor insistencia; yo respondo con una nota más alta en la voz, lo que hace que Alberto se ponga a llorar otra vez. Decido quitarle la camiseta y el pañal, le lavo como puedo en el lavabo, le pongo los pantalones y, con Alberto sin camiseta y sin pañal, vuelvo a mi asiento con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, mientras la azafata me dice algo en ruso que no entiendo pero me señala a nuestros asientos.

Al llegar, me mira Maria, mira a Alberto, me vuelve a mirar y dice: “¿Y la camiseta?”. “Se la ha manchado de mierda. El señorito ha tenido a bien cagarse por segunda vez” “Ahh. ¿Y lleva el pañal limpio o le tienes que cambiar otra vez?” “No lleva pañal” “¿Qué?” “Mira, déjalo, ha sido un poco difícil, cuando paren las turbulencias, voy otra vez a ponerle un pañal” “Ni de broma, voy yo”. No se me ocurre llevarle la contraria, así que me encomiendo a mi custodio para que Alberto no tenga más material de guerra química en la recámara y haga la gracia de cagarse en los pantalones.

El resto del vuelo, sin problemas, con Alberto dormido y nosotros, pensando lo que viene por delante, lo que hay que preparar al llegar, gestiones, médicos, compras, etc. Al aterrizar, me emociono por primera vez en ese día y, mientras Alberto palmotea y se ríe sentado encima de Maria (lleva un cinturón de seguridad para niños, de esos que se enganchan el de la madre), yo contengo las lágrimas mirando a un punto fijo. Estamos en España, en nuestro país, con nuestro hijo. Ahora, de verdad, comienza una nueva vida. Lo de antes ha sido una aventura y un logro. Ahora empieza la vida real, los problemas cotidianos, la vida en familia. Nuestra nueva vida.

Nos dejan en el satélite de la T4 y tenemos que tomar el trenecito (que es como un metro) al edificio terminal. Alberto lo mira todo con sus enormes ojos, despierto, asombrado. Hoy hemos montado en coche, en avión y en metro. Al llegar a la terminal, recogida de maletas, mientras Alberto corretea perseguido por su madre, ante la mirad admirada de todos los pasajeros. O al menos eso pienso yo, que les miro orgulloso. Vaya esposa y vaya hijo que tengo. Toma ya. De portada del Hola.

Camino a la puerta de salida, se abren las puertas unos metros más allá de nosotros, para que salgan los viajeros que caminan delante y vemos, en primer plano, a Maria Eugenia (la prima de Maria que se ha ofrecido a venir a por nosotros en su monovolumen de madre de familia numerosa y a salir disparada en cuanto nos deje en casa) y Rafa, uno de mis amigos. Detrás, banderas de España y una multitud de gente gritando. Dios mío, pero si les dijimos que no queríamos que fuera nadie al aeropuerto a recogernos, que no sabíamos como iba a llegar Alberto y preferíamos que no hubiera follón.

Afortunadamente, el recibimiento multitudinario no es para nosotros, sino para la pareja de andaluces que se trae a las gemelas. Menos mal, sólo nos faltaba, para nuestro maltrecho, hambriento, desasosegado cuerpo, una ronda de abrazos, achuchones y parabienes. Y sobre todo a Alberto que mira con cara de mirar a Maria Eugenia y a Rafa, que intentan sacarle una sonrisa a base de cucamonas y carantoñas. Entre los dos suman cinco hijos (por separado) y se las saben todas, pero Alberto no está para juergas así que decidimos salir zumbando para casa. Cojo yo el coche y la dos sientan detrás con él, es la primea vez que monta en una sillita para niños, que no le gusta nada y se pone a llorar por la sensación de ir atado, a pesar de que todos le enseñamos que llevamos el cinturón puesto, también.

Dios mío, estamos en España, Europa, el primer mundo. La gente usa el cinturón de seguridad, las autopistas no tienen pasos a nivel, las carreteras no están llenas de trampas, los conductores siguen unas ciertas normas que hacen que no tengas que ir jugándote la vida en cada cruce. Todo me parece bonito, cuidado, limpio. Comparo con la sensación que tengo, alguna veces, cuando vengo de Inglaterra, de Francia, etc. Pues no estamos tan mal como creía, pienso.

La llegada a casa es otro momento emocionante, ¿cómo la verá Alberto? ¿Entenderá que es su casa, para siempre (siempre que paguemos la hipoteca, claro)? Al salir del ascensor, vemos que nuestro queridos vecinos, Teresa y Álvaro, bueno, más bien sus hijos, Gonzalo y Rodrigo, han decorado el rellano que compartimos, con globos y un cartel de bienvenida. Dentro de casa, en la cocina, nos han dejado un bizcocho casero para que desayunemos. Qué detallazo. La prima también nos ha comprado unas palmeritas para desayunar, lo que nos permite matar el gusanillo mientras deshacemos el equipaje.

Llevamos a Alberto a su habitación. No se si ha entendido que es la suya o no, pero lo primero que hace es tirarse de cabeza a la cama y empezar a bajar, en un estado cercano a la histeria, juguetes de su estantería, la mayoría heredados de sus primos, a los que, de momento, no conoce. Maria Eugenia (prima), que es discreta y sabia, se va en seguida, no sin antes explicarnos como funcionan el cochecito y la trona que le encargamos desde Ucrania. Al final, se lleva unos besos y achuchones de Alberto así que se monta en el ascensor con ojos acuosos mientras murmura: “Ay mi niño, ay mi niño”. Alberto la despide con un “paká-paká” y la manita y Maria Eugenia levita en el ascensor, mientras la acompaño al garaje. Cuando nos quedamos solos, me dice: “Bueno, acabarás la historia, ¿no?” “Si, en cuanto tenga tiempo escribo el final, esta noche o mañana”. Iluso de mi, pienso que voy a tener tiempo para escribir. Ja.

Nos quedamos solos los tres. ¿Y ahora, que se hace? Es la una de la tarde en España pero nosotros llevamos diez horas levantados. ¿Comemos, desayunamos, merendamos? Da igual, tenemos la nevera vacía, sólo tenemos potitos, galletas y zumos para Alberto así que tenemos lo imprescindible. Somos felices, somos inmensamente felices, tenemos a nuestro hijo en casa –oímos sus pasitos correteando por el pasillo mientras grita “mamá, dadá” cada vez que nos enseña un juguete de los que ha cogido de la estantería- dentro de poco tendremos a nuestro perro, Gos, nuestra vida, nuestra familia, nuestros amigos, tendremos comida en la nevera, nuestras cosas ….

Dios, que ganas teníamos de volver, como echábamos de menos nuestra vida. Pero, ¿volveremos a nuestra vida? Seguro que no. Ahora tenemos a un principito que reclama continuamente nuestra atención y nuestro tiempo. Eso es lo que queríamos. Gracias Dios mío, por habernos dado lo que queríamos, pero no cuando te lo pedimos, sino cuando ha hecho posible que tengamos a Alberto con nosotros. Es decir, cuando tenía que ser. Gracias.


Abrazos,


Cacha













miércoles, 13 de junio de 2007

ALBERTO CONOCE KIEV

El lunes nos levantamos preparados para un día de gestiones en Kryviryh; tocaba recoger la sentencia en el juzgado, cambiar la partida de nacimiento de Alberto, solicitar en el notario su pasaporte, pedir el pasaporte en la policía, etc. Fuimos a primera hora al orfanato, para verle un ratito antes de las gestiones, para las que nos recogería Yulia a las 10:30 con Igor, nuestro taxista de confianza, un tío majísimo que chapurrea italiano y que nos lleva a hacer todas las gestiones, hasta a elegir las gafas de Alberto (y ayuda a elegir modelo, regatea con las de la óptica, un hombre implicado y proactivo, que se diría en jerga empresarial).

Nos tocaba un día de estos de gestiones en Ucrania que se pueden definir como: ir muy rápido de un sitio a otro –el tráfico y la forma de conducir aquí son como las de cualquier país del tercer mundo, es decir, la ley del más fuerte y del que antes llega- para ir a un edificio oficial a esperar que alguien nos haga el favor de hacer una gestión muy rápido, para lo cual nos saltamos las colas y los plazos y a cambio de eso nos pasamos el día diciendo “Espasiba” y soltando billetes del monopoly. Según nuestro taxista, “Ucrania es el país donde se puede comprar todo”. A pesar de eso, nos hemos pasado medio viaje haciendo pasillos y esperando a que nos reciban.

Esperando en el registro –un lugar umbrío y desolado, no se si en obras de reconstrucción después de algún tipo de revuelta, o si se está cayendo a trozos por falta de mantenimiento- a que nos dieran la nueva partida de nacimiento de Alberto, ya con su nombre y apellidos, de pronto nos suelta Yulia: “Bueno, pues nada, entonces esta tarde, cuando recojamos el pasaporte, vamos al orfanato a por Alberto y ya os lo lleváis”. "¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡¡¡QUÉEEEEEEEEE!!!!!!!?????, ¿Ya nos lo podemos llevar?” preguntamos, con la misma expresión en la cara que un niño el día de Reyes, “Si, claro, ya es vuestro”.

No teníamos eso previsto, pensábamos recogerlo el martes por la mañana, antes de salir para Dniepropetrovsk para apostillar sus documentos. Así que, todo se aceleraba un día, su primera noche con nosotros, la despedida de sus cuidadoras, de sus amigos, de su vida conocida. Ya le habíamos comprado su ropa y algunos juguetes y chucherías para el resto de los niños. Hoy debía ser un día duro para todos; además de Alberto, se iba también Sasha, el hijo de unos alemanes que llegaron varios días antes (tuvieron su primera cita en el CA el mismo día que nosotros, pero el expediente administrativo de Sasha era complicado) y que se iban el lunes.

Llegamos al orfanato a las seis de la tarde, después de todas las gestiones, habiendo comido en diez minutos y exhaustos del calor y las esperas. Pasamos por el apartamento para coger la ropa de Alberto (el niño sale sin ajuar, es decir, no tiene ni unos gayumbillos propios), las chuches, para recoger la cámara de video, etc. y aprovechamos para darle a Yulia un regalo que le habíamos comprado.

Al llegar a su sala nos estaban esperando todo el grupo, muy formalitos, sentaditos en sus sillas, eso sí, en braguitas y calzoncillos por el calor. Alberto salió corriendo al vernos, gritando “mamámamámamá” y lanzándose a los brazos de Maria. Yo, a lo de siempre, a la logística: entrega de chuches y juguetes, dinero para las cuidadoras –que hacen un ademán de dignidad de no querer cogerlo, pero luego acceden- y sacar la cámara de video para recoger el momento histórico: Alberto abandonando el orfananto.

Pues bien, este manazas se había dejado la batería descargada, así que la cámara de vídeo no funcionaba. Los únicos testimonios gráficos son los recogidos por la cámara de fotos de mi teléfono (fotos y vídeo, de baja calidad) y alguna foto que hizo Yulia. Vestimos a Alberto ante la mirada de todo el mundo, quince niños y cinco cuidadoras. Alberto, señala a sus sandalias nuevas y le dice algo a Yulia. “¿Qué dice?”. “Que se las ha comprado su papá” y yo casi me muero de placer, al fin entiendo para que vale el dinero en la vida, por qué el hombre se ha dedicado a cazar ya traer comida a casa. Para que tu hijo se señale los pies y diga: “Me las ha comprado mi papá”. Sus primeras sandalias, su primera ropa propia que no se pondrá otro niño mañana.

Diana, la niña morena que me ha robado el corazón en estos días, me mira muy seria y no responde a ninguna de mis sonrisas; sé lo que piensa: se van y no me llevan. Una de las cuidadoras, dice en medio de la despedida, “¿Cuándo van a venir a por la niña?” Maria les dice que al año que viene; Yulia traduce y una cuidadora me señala a mi y luego a Diana. No me hace falta escuchar la traducción de Yulia. Si, se parece a mi; si, podría ser mi hija; si, me la llevaría ahora mismo; si, por eso estoy llorando, señora, por eso se me saltan las lágrimas y no acierto a decir nada, porque podría se mi hija, como Alberto, pero esta vida que nos ha tocado vivir es difícil. Diana tendrá otros padres, con eso me consuelo. Dios quiera que la traten bien, como se merece.

En medio de las despedidas, Maria empieza a dar las gracias a todo el mundo y a la vez empieza a “llorir”, es decir, a llorar y a reír a la vez y mientras va “lloriendo”, todo el mundo hace cucamonas a Alberto, el resto de los niños no tocan las chuches ni los juguetes que les hemos traído, yo hago esfuerzos para no llorar (noto que se me rompen los músculos del cuello, de contener al corazón que se quería salir por la garganta), nos hacemos fotos, repartimos besos, abrazos con las cuidadoras, nos hacemos fotos…

Alberto se agarra a los brazos de su madre y no hay quién le mueva de ahí. Una de las cuidadoras dice (dicen muchas cosas, pero Yulia sólo nos traduce algunas): “Pórtate bien, vas a tener unos padres, vas a vivir en Madrid, en una casa muy bonita…” Nos mira y dice: “Educadle bien, no le dejéis hacer tonterías”. Yo respondo que lo haremos los mejor posible y eso me parece más solemne y más importante que lo que dijimos ante el juez.

Muchos “paká, paká” y “espasiba” y a salir de allí corriendo, conscientes de que es la última vez que recorremos sus pasillos y corredores, el jardín y que, lo que ha sido nuestro escenario cotidiano, dentro de poco no será más que un vago recuerdo, que refrescaremos con imágenes, cuando algún día tengamos fuerzas y tiempo para verlas.

Montamos a Alberto en el coche y, ¡al apartamento!. En el coche, Maria con Alberto encima, con la misma cara de felicidad que cuando salíamos del brazo, recién casados, por el pasillo central de La Concepción. Hacemos con él la entrada en el apartamento como se hace con una recién casada: en brazos, dándole besitos y explicándole todo: “mira esto es una cocina, un cuarto de baño, un salón, una habitación; mira esto es una cama, ¿has visto que grande?” Él alucina con todo –nunca ha visto una cama, por ejemplo, o un cuarto de baño-; le enseñamos la casa y, ¡a la bañera!. Estábamos confiados por el amor al agua que nos demostró el otro día con la piscinita hinchable en el orfanato.

Me siento un padre colaborador mientras preparo el baño. Maria, emocionada, se quiere bañar con él, para que no tenga miedo (y para sobarle) y le espera en la bañera. Le desnudo y nada, ver el agua y empezar a llorar, a gritar y a darle vueltas la cabeza como a la niña del exorcista al ver el agua bendita, todo uno. Poquito a poco le vamos metiendo, ve que el agua no está helada (como seguro que fue alguna experiencia anterior) y al final, acaba llorando cuando, con la piel arrugada y, con sus padres empapados y exhaustos (yo, desde fuera de la bañera), decidimos sacarle de la bañera.

Le damos la cena, tortilla la francesa para el padre y el hijo, la mía con quesitos. No quiere ni probar la suya; me ve comer a mi y pide de la mía. Acabamos compartiendo cena. Es hora de dormir, ¡eso si que nos da miedo! Vamos a la habitación y le tumbamos en la cama, nos tumbamos con él para que no tenga miedo; vamos atenuando las luces, pero él tiene unas ganas de juerga tremendas. Nosotros para el sólo unos payasos que le hacemos reír y que le damos golosinas. No hay manera de que se duerma. Consulto mi manual de frases en ruso y le digo: “Es hora de dormir”. Me mira serio, le dejamos en la cama, tumbado, entre dos almohadones para que no se caiga, apagamos la luz y salimos de la habitación, esperando que se ponga a llorar, pero muy preparados para resistir –como dice el manual ese de cómo hay que hacer que los niños duerman- lo que venga.

Ni un ruido. Tanto silencio que, a los diez minutos, asustados, miramos por una rendija para ver si ha tenido una muerte súbita o algo así. Nada de nada, está dormido como un bendito, con una cara de ángel que yo pensaba que sólo sabía imaginarlas Miguel Ángel. Salimos de la habitación y empiezan los preparativos del día siguiente: salimos a las siete para Dnipropetrovsk a apostillar sus documentos. Son las once, tenemos que hacer las maletas, preparar todo, ¿qué le damos mañana de desayuno?, ¿y en el viaje?. Cenamos casi sin hambre, pensando en que tal noche pasaremos los tres en esa cama, extraña para él, pequeña.

A la hora de acostarnos con él, todo bien. Es un momento de felicidad verle dormido, a nuestro lado, parece que tenemos al alcance d la mano la felicidad. Pero al rato, empiezan los problemas. Está acostumbrado a dormir solo en su cuna y no a sentir el contacto de nadie. Medio dormido, al notar que estamos con él, empieza a patalear, a mecerse con los famosos balanceos que hacen que vaya de lado a lado de la cama, sobre todo hacia mí. A eso de la una decido abandonar el barco y se queda Maria con él, intentando que se tranquilice, que duerma. Toda la noche en vela, sobre todo Maria, viendo como duerme.

Al día siguiente, bueno, al rato, recogida del apartamento, primer desayuno juntos y, ¡adios Kryviryh! Alberto va sentado en el coche (que es tipo Berlingo, una furgonetilla) señalando a todos los coches y diciendo “pip, pip”. Por el camino le enseñamos vacas, ovejas y otros animales que están a los lados de la carretera –atravesamos una región agrícola- y que Alberto sólo conoce por los animales de plástico que hemos traído para jugar.

Dos horas hasta Dnipropetrovsk que hacemos de un tirón, por pésimas carreteras (como todas las de aquí) y que se notan más en el coche que llevamos. Alberto va tranquilo, es el viaje más largo de su vida y hasta se duerme un ratito apoyado en Maria. A la llegada a Dnipropetrovsk malas noticias, no se apiadan de que llevamos a un niño y tendremos que esperar a las dos para que nos apostillen los documentos, así que nos armamos d paciencia y nos vamos a dar una vuelta por la ciudad, a hacer pasar el tiempo lo más rápidamente posible (algo a lo que nos estamos acostumbrando y que jamás, en mi vida, desde que hice la mili, he hecho nunca). Por suerte encontramos un gran parque en el medio de la ciudad, muy bonito, que tiene dentro algo como un parque de atracciones, con una noria y todo.

Los ojos de Alberto viéndolo todo son indescriptibles. Se asusta de los muñecos, varios, más altos que él, que pueblan el parque y que representan animales tipo Disney pero versión ucraniana. No quiere ni acercarse. En cambio, se queda fijo como un perdiguero cuando señala una pieza cuando ve un cochecito de los de echar monedas y que se mueve y suena el claxon. No sabe que puede hacer con él. No sabe que se puede montar, así que le subimos y su primera reacción es gritar y patalear, le da miedo. Se monta otro niño, ve que no pasa nada y se acerca tímidamente. Entonces ya está decidido a montar pero, a la manera ucraniana, cuando estamos preparados para subirle, se nos cuela una señora con una niña. Para nuestra sorpresa nos hace una seña para que subamos a Alberto con su hija, debe ser costumbre aquí eso de compartir atracción, así que le subimos y ¡teníais que haber visto su cara! Emocionado es poco. Feliz.

El camino desde Dnipropetrovsk a Kiev, indescriptible. Siete horas de viaje, con una parada de diez minutos, por este infierno de carreteras. Alberto pasa por todos lo ciclos: sueño, “pip, pip”, juego, nervios, pañal cagado, hambre, sueño, “pip, pip”, juego, nervios, etc. Pero, en resumen, un bendito. Un regalo de Dios.

Al llegar a Kiev, Maria está como loca por bañarle –recuerda el baño del día anterior y hemos sudado como pollos en la furgoneta sin aire acondicionado- y darle la cena. El apartamento no está mal, lo único malo es que al llegar el ascensor está estropeado y me toca subir los cuatro pisos con las maletas. Gajes del oficio de porteador. Subimos, preparamos el baño, Maria se mete con él en la bañera, empezamos la fiesta y …. Alberto está, “tan agustito”, que le da por cagarse en medio del baño si que podamos evitarlo. Quien con niños se acuesta (o se baña…).

Cena y a dormir. Nos tememos otra noche como la de ayer pero no, después de torearnos un poco entiende lo de “pará spatz” (“a dormir”) y le dejamos solo para que duerma, sin protestas. Hemos pasado toda la noche felices, con él, mirándole embobados con la luz que entra por las ventanas (sin persianas, como siempre). De vez en cuando, se gira y se pega a mi pero, al contrario que la noche anterior no patalea no evita el contacto y entonces, no quepo en la cama, de felicidad y porque no quiero despertarle y estoy durmiendo en treinta centímetros de ancho, no entro ni de perfil.

Esta mañana el despertar ha sido glorioso, todo risas, cariños, abrazos, besos… ¡qué despertar más bueno tiene mi niño! Por la mañana gestiones varias: billetes de vuelta, visado de entrada de Alberto en España, etc. Si todo va según lo previsto, el sábado llegaremos a Madrid.

Alberto visita Kiev. Él no sabe nada, sólo ve coches, gente, sitios nuevos, desde el carrito que hemos comprado para pasearle por aquí. Es la capital de su país, al menos hasta los 18 años, cuando elegirá de donde quiere ser. Y, después de veinte días en Kryviryh, hasta a nosotros nos parece una gran ciudad.

¡Queremos volver a casa!

Ya hemos empezado con los toreos a tiempo completo: no me como esto y hago como que no me gusta, lloro un poco a ver si me das otra cosa más rica, al ir a dormir lloro un rato a ver si vienes, etc, etc, pero eso no os lo cuento, que me está quedando muy bonita la historia y además ya os lo imagináis.

Abrazos,


Cacha







domingo, 10 de junio de 2007

DOMINGO, DOMINGO….

… qué buen pretexto das para cantarte. Hoy, si Dios quiere, será nuestro último domingo en Ucrania. Si todo va según lo previsto, el martes viajaremos a Kiev y el viernes o el sábado volaremos para España, finalizando el viaje hacia la paternidad que iniciamos el pasado día seis de Mayo, hace casi un siglo.

Estamos con la nostalgia justa, la de un sentimiento difuso de querer volver a lo conocido (mi ducha, mi cama, mi casa, mi coche, mi nevera…) y más claro de querer volver a nuestra vida, a nuestra gente. Y, sobre todo, de querer compartir todo esto con Alberto.

Sabemos que, al marcharnos, dejamos muchas cosas atrás, entre otras varias decenas de miradas curiosas, a veces suplicantes, interrogadoras, ingenuas, dulces, inexpresivas. Dejamos atrás sonrisas y lágrimas, intentos de abrazos, peticiones de galletas, miradas de provocación. Dejamos atrás a Sasha, a Alexei, a Diana, a Andreyi… a ese niño que no sabemos como se llama pero que tiene la misma cara que tendrá de mayor (yo le llamo “el notario”), que en estos días se han vuelto tan cotidianos como nuestros vecinos, parece como si nunca fuéramos a dejar de verles, pero no… nos iremos de aquí y nos les veremos nunca más. No sabemos si serán adoptados o no; todos merecen unos padres, todos necesitan unos padres que les quieran, que les abracen, que les castiguen, que les mimen, que les enseñen, que les regañen, que les eduquen, que les quieran.

Tenemos el sentimiento de la pena de dejarles aquí, de no conocer su incierto futuro y a veces nos decimos: “Si pudiéramos llevarnos también a Diana, o a Sacha…”, pero no, no podemos, no debemos, hay muchas familias que esperan y pocos niños. Nosotros nos volvemos sólo con Alberto y ya vamos bien, porque ahora es cuando empieza lo difícil de este viaje: el retorno, el ansiado retorno. Sabemos que ahora viene lo más complicado, la adaptación de Alberto a nosotros y viceversa. Alberto pierde muchas de las cosas que quiere y nosotros algunas de las que nos hacían la vida más fácil.

Para los niños, querer es sentirse bien, sentirse seguro, tener comodidad, rutina, dominar las situaciones. Alberto pierde sus olores conocidos, sus cuidadoras, su idioma –que ya entiende y empieza a chapurrear- sus comidas, sus compañeros (habrá alguno que le da miedo, porque pega, otro del que es muy amigo, otro con el que compite por ver quien corre más…), el rincón de la sala donde se esconde cuando está asustado, el programa de la tele que les ponen las cuidadoras los domingos y que no entiende pero tiene colores muy bonitos…

Y eso lo cambia, de repente por: me suben en un “pip, pip” (un coche) durante cinco horas con estos señores que me han dicho que son “mama” y “papa” (nota: aunque a mí ha empezado a llamarme “mama”, también, imaginaos el lío que tiene en la cabeza), dormir en su misma cama, comer comidas raras a horas que no son a las que estoy acostumbrado, me montan en otro “pip, pip” y me llevan a un sitio muy grande y me hacen entrar en un cosa muy rara como una habitación muy larga llena de asientos, donde todos miran hacia al mismo lado pero no hay tele y, de repente, la habitación se mueve y yo siento una cosa muy rara en el estómago que hace que me pegue hacia atrás en el asiento y me da miedo, y lloro, y me dicen algo con voz muy dulce pero no lo entiendo, y luego estamos aquí sin poder jugar ni correr y luego otra vez la habitación se mueve mucho y parece que me he caído del asiento, pero no me he caído y me pongo a llorar otra vez, en parte porque me da miedo y en parte porque se que me va a coger mamá y me hablara otra vez con voz suave y me dará besitos…

Después vendrá el llegar a casa, el que sienta (que es su forma de pensar) que no ve por ningún sitio a sus cuidadoras (a las que llama “mama”, también), a sus amigos, su arenero preferido del patio, el cubo verde sin asa con el que le gusta jugar, el muñeco -“mimi”- que suele meter en el cubo. Tendrá el sentimiento de pérdida de todo eso, habrá perdido los sonidos, los olores, los sabores, las visiones que habían llenado su pequeña vida hasta el momento, que no eran las más bonitas, las más dulces, pero eran las suyas… Cambiará su habitación compartida y su cuna por una habitación para él solo en la que su madre ha elegido hasta el mínimo detalle, una cama para él solo… pero él no sabe de colchones de látex o estampados relajantes en las cortinas. Él siente cambios y los cambios ocasionan incertidumbres y, cuando tienes tan pocas defensas como un niño de dos años, las incertidumbres dan miedo.

Nosotros habremos perdido la comodidad de tenernos sólo el uno al otro, la libertad de esa situación, nuestros horarios, donde cabían trabajos de largas jornadas, gimnasio, dietista, cine y cena todos los viernes, cena con amigos, las mañanas de los domingos en la cama hasta la hora de Misa, leer el periódico hasta los anuncios, estar en silencio en casa, leyendo, cenar pizza porque hoy nos apetece, ir de viaje cuando queríamos, a donde queríamos (se acabaron, por unos años, los viajes exóticos, me tendré que contentar con ver las fotos de los de mi hermanita). Se acabó, en definitiva, eso de mirarnos el ombligo y de ir haciéndonos cada vez más comodones y más egoístas, para dedicarnos a pensar en Alberto, en como hacer que crezca seguro, sano y feliz y, sobre todo, en como hacer que saque lo mejor de sí, que sea una buena persona, que para nosotros es lo más importante, casi lo único importante.

Hasta ahora ha sido fácil. Os teníamos ahí al otro lado de la pantalla; nos hemos sentido como los protagonistas de una novela por entregas, que no tenían más remedio que ser unos héroes, ¡cómo íbamos a flaquear con tanta gente mirando! Ahora viene lo más difícil: la rutina, lo aburrido de lo cotidiano. Decía San Josemaría que hay personas que se dejarían clavar en una cruz ante la mirada atónita de una multitud pero que son incapaces de soportar los pequeños alfilerazos de cada día. Eso nos pasa, sobre todo, a los que somos tan vanidosos como yo, que lo que más nos gusta en la vida es que nos quieran, que hablen bien de nosotros… Espero que, con la ayuda de Dios y por el amor que les tengo a mi mujer y a mi hijo, sea un buen padre como lo fue el mío al que, en estos pocos días, he comprendido más que en muchos años de convivencia con él.

A partir del martes será nuestro. Su madre empezará a estar más tranquila porque podrá darle ella la comida, bañarle, darle crema (no soporta ver su delicada piel reseca y llena de picaduras, de heridas, de rozaduras), vestirle con su propia ropa, no verle con la misma ropa que ayer llevaba otro niño… Gracias a Dios las mujeres son más prácticas y piensan en lo de ahora, en las necesidades inmediatas: el pañal, el potito, la gorra para el sol. Yo voy pensando en que libros leerá primero, en como despertar su interés por la música, en enseñarle a rezar…

Bueno, en dos días, saltaremos definitivamente al abismo de la paternidad, ya mayorcitos, bien entrenados, con muchos conocimientos teóricos y algunos prácticos, habiendo compartido y escuchado todos los problemas de los hijos de nuestros parientes y amigos, desde los cero hasta los veinte años. Lo malo de pedirle cosas a Dios con mucha insistencia es que al final va y te las concede.

Y, el año que viene, si todo va bien, a por la hermanita, que se lo he prometido a la madre.

Abrazos,


Cacha






PD: Hay noches que tengo pesadillas, en las que aparecen la madre y el hijo, que vienen a por mi y me quieren morder, ¿por qué será?







jueves, 7 de junio de 2007

DEL AMOR Y LO COTIDIANO

Todos hemos elucubrado en algún momento sobre qué es el amor, sobre los tipos de amor. Las cosas no son si no tienen un nombre y por tanto una definición, pero hay cosas como el amor que todos sabemos lo que es –o eso imaginamos- pero no sabemos definirlo. Por suerte, siempre hay gente más lista que ya se ha preguntado estas cosas y ha dedicado parte de su ingenio a darnos respuestas.

A mí siempre me gustaron dos definiciones del amor:

- Amor es necesidad de estar con el otro

- Amor es desear el bien del otro por encima del bien propio

¿Por qué? Me parecen que condensan el mensaje del Amor: Dios quiso estar con nosotros y deseó nuestro bien por encima del suyo, con su pasión, muerte y resurrección. Además, me parecen sencillas, como en realidad es el amor. Y complementarias; cada una sin la otra no es un amor real: necesidad de estar sin deseo del bien ajeno podría ser encaprichamiento, egoísmo. Deseo del bien de otro sin necesidad de compañía se me antoja frío, distante, un poco teórico.

Pues eso es lo que sentimos por Alberto desde el primer día. Iba a decir que desde antes de conocerle, pero eso no es verdad. Antes de conocerle teníamos la necesidad de ser padres; cuando le conocimos, decidimos que seríamos sus padres y empezamos a quererle. Y así nos pasamos los días, ansiosos al levantarnos para ir a su encuentro.

Nos levantamos pensando en él. Nos arreglamos para que nos vea guapos (su madre se ríe de que yo he abandonado mi costumbre de no afeitarme los domingos para “dejar descansar a la piel”); preparamos concienzudamente el desayuno que le vamos a llevar, los juguetes con los que le vamos a distraer, el babero, etc. Y acudimos a la casa-cuna preguntándonos que tal habrá dormido, que tal día tendrá, si le apetecerá comer lo que le llevamos: fruta, galletas, potitos, petit-suisses, leche con nesquick….

Camino al orfanato paseamos por el barrio en el que vivimos estos días donde se supone que viven todos sus trabajadores, fruto de la planificación comunista; es un sitio pobre, feo, gris, descuidado. Cuando nos acercamos, empezamos a ver las imágenes en color, como si de repente alguien subiera la saturación de colores de una tele imaginaria y escuchamos llantos de los pequeños por las ventanas, los ladridos del perro de la puerta (al que vamos a visitar todos los días por orden de Alberto, aunque luego le da un poco de miedo acercarse, desde su altura debe ser algo así como un Miura, así que le cogemos en brazos y entonces, Alberto ladra al perro, que le mira extrañado, ladeando la cabeza), los gritos de los niños.

Cuando entramos, preparamos las “herramientas de recepción”: una galleta y un muñeco, para que él coja uno en cada mano y se venga feliz y relajado, mientras le llevamos en brazos hasta el patio, para darle el desayuno. Esto lo hace normalmente Maria, ya que él elige hacia quién dirige los brazos; sólo en situaciones excepcionales se ha venido conmigo y hemos hecho el camino al patio, padre e hijo, levitando sobre el suelo. El resto de las ocasiones, la mayoría, me limito a hacer lo que la mayoría de los padres: a acarrear con la bolsa del niño (que cada día pesa más, la bolsa digo; bueno, también el niño) y a recoger lo que graciosamente tira al suelo, a ponerle el gorro, a quitarle el gorro, a abrir las puertas, a cerrar las puertas, etc.

Entonces viene uno de los mejores momentos del día. Nos sentamos en una mesita, empezamos a sacar cosas para comer y él, muy formalito y feliz dice: “Ñam, ñam”, porque no se si por aquí leían a Carpanta, pero es la forma en que Alberto llama a la comida, a comer, a las cosas ricas. Así, si quiere algo de la “bolsa mágica que transporta el porteador”, señala y dice “ñam, ñam” y nosotros, si está de Dios, se lo damos y si no, se lo negamos. Nosotros también utilizamos el “ñam, ñam” para atraerle cuando se va lejos o para decirle que tiene que volver a su clase, con su grupo, a la hora de comer o de merendar. Como veis los extremos se tocan y a medida que él gana en lenguaje, nosotros lo vamos empobreciendo.

A las 11:30 le dejamos con su grupo para el almuerzo; las habitaciones de los grupos son un conjunto de estancias, en la primera planta del edificio. Cada grupo tiene una sala grande donde está la TV, las sillitas y las mesas donde comen, un corralito donde están los bebés, mecedoras tipo columpio para “automecerse” (y que luego les ocasionan los famosos balanceos), una cocinita para calentar la leche y la comida, algunos juguetes, etc. Al lado está el dormitorio, donde están las cunas de todos. En esta casa cuna cada uno duerme en una cuna, no tienen que compartir, por suerte. Al otro lado de la sala está el baño y los ya mencionados orinales en los que pasan media vida. La sala está bien, es luminosa, el suelo está cubierto de alfombras, hay juguetes, TV. No creo que se aburran entre ellos.

Dependiendo de si ha tenido un día bueno o malo va feliz al grupo o no, y eso nos cuesta alguna rabieta de vez en cuando. También depende de las cuidadoras que le tocan. Hay días que se lo está pasando muy bien y no quiere ir, otros días que lo mismo, pero está contento de volver con su grupo porque tiene hambre (y por el camino va susurrando “ñam, ñam”, mientras nosotros vamos cantando “paká, paká”, para que sepa que nos vamos); otros días está cabreado con nosotros y busca a su cuidadora por el patio diciendo “mama, mama” y se quiere ir con ella y otros, también está cabreado pero no quiere volverse ni a tiros. O sea, que no hay pautas claras, ni seguras, cada día es distinto y Alberto viene sin manual y hay que ir aprendiendo sobre la marcha.

A la salida, después de dejarle, vienen los primeros comentarios: ¿”Cómo le has visto?” Si ha tenido un buen día volvemos al apartamento con cara de bobos y pensando que la vida es bella y fácil y transcurre por caminos de algodón dulce flanqueados por árboles que dan manzanas de caramelo y gominolas de fresón. Si ha tenido un día torcido volvemos analizando cada gesto, preocupados por lo que vendrá, cómo será el retorno a casa: ¿podrá dormir solo? , ¿le costará pasar de cuna a cama?, ¿se asustará de Gos (nuestro perro)? ¿y Gos de él? (Gos es tipo Scooby-Doo), ¿qué pasará en los días de Kiev?, ¿dormirá con nosotros o se asustará tanto que pasará la noche en llanto? Nos animamos mutuamente, intentamos despejarnos incertidumbres, nos preocupamos por lo que nos podemos preocupar, que es lo de hoy, lo de ahora y empezamos a prepararnos para la tarde.

A mediodía preparamos la comida en horario europeo (a las dos ya hemos comido) vemos un rato la tele (en ruso) o alguna de las películas que hemos traído gracias a San Emulio de los piratas. A las 15:30 empezamos a preparar la merienda Normalmente es su madre la que planifica y ha ido cambiando a medida que ha ido conociendo los gustos de Alberto que se resumen en: le gusta todo y cuanto más, mejor. Bueno, en realidad lo que hace es combinar frutas y lácteos con galletas para que le resulten atractivos y los digiera bien.

A las 16:00 estamos otra vez en la puerta y subimos a buscarle. A esa hora les acaban de levantar y como todo el mundo, Alberto ve el mundo un poco más hostil después de la siesta, así que Maria se lo intenta dulcificar con una doble ración de besos –se aprovecha de que está medio dormidito- y con las ricas viandas de la merienda. Después de merendar, otra ración de parque (estamos haciendo un master en juegos de parque, casi cinco horas diarias solos con él, jugando, que si con la palita, que si con la pelotita, que si con los muñequitos….) y eso de las 18:15, de vuelta a su grupo para merendar. Otra tanda de “paká, paká”, otra despedida, normalmente cariñosa de Alberto y vuelta al apartamento.

Son los momentos en los que aprovechamos para hacer la compra en el súper del barrio, para mirar los correos, para escribir en el blog, etc. La compra en el súper es en plan antiguo: caminando, que hay gerundio y no hay coche. Así que si vamos a las tiendas del barrio y compramos, ora señalando, ora por el lenguaje de los signos, artículos que, salvo la Coca-cola y el Nestea, están etiquetados en ruso. Hay otros días que caminamos un cuartillo de hora y vamos a otro más grande, donde compramos con carrito. En este hay más productos conocidos (hasta aceitunas, aceite y atún españoles) y podemos comprar con más confianza, a cambio de volver cargados como burros. ¡Cómo echamos de menos nuestro Alcampo, incluso plagado de gente! Cuando vaya a hacer la compra el primer día voy a besar el suelo como hacía el Papa Juan Pablo II.

Al volver, preparamos la cena, repasamos al detalle cómo ha tenido el día, sus reacciones, sus avances (cuando los hay). Vemos las fotos, los vídeos; nos damos cuenta de lo guapo que es y de cómo va engordando día tras día, de la diferencia que va de las fotos de los primeros días a las de ahora. Entonces pensamos que cuando volvamos a España, a casa, con los nuestros, con médicos, comida y cuidados de allí, todo irá mejor.

Si hay tiempo, una peli; si no, un ratito de leer o de tele y a dormir para que llegue pronto el día siguiente, para volver a verle, para volver a abrazarle. Tras el beso de buenas noches y un “te quiero”, un silencio y la pregunta de su madre. “¿Estará dormidito?” “Hace ya horas, Maria”.

Nuestro día, nuestra vida, están centrados en él. Las bromas entre nosotros, nuestros comentarios, nuestras discusiones, le tienen a él como argumento; tras un momento de silencio, uno de los dos recuerda algo del día y le damos vueltas, nos reímos, nos preocupamos, lo comparamos con lo que hacían nuestros sobrinos a su edad, lo pensamos del revés, lo pensamos del derecho…

Hacemos planes, nos imaginamos con él en la playa, esquiando, en el cine con un cubo de palomitas más grande que él, muy formalito mientras mira boquiabierto una pantalla de cine por primera vez en su vida, nos lo imaginamos llevándole a la guardería su primer día, nosotros con el corazón en un puño y él diciéndose “por fin me llevan con unos colegas estos pesados”. Me lo imagino en los brazos de mi madre (que ya chochea con él y eso que aún no le conoce), jugando con Gos, con los niños de nuestros amigos, de nuestros vecinos. Me lo imagino feliz o asustado, llorando tras una caída del columpio, de la bici. Pero me lo imagino con nosotros, para siempre.

Un día menos, un día más. Camino a casa. Ya queda menos.

Y así se pasan los días, monótonos, improductivos, pero necesarios para cumplir con las reglas de este juego en el que nos hemos metido, el juego del rescate de nuestro hijo.

Hay momentos en los que me lo comería vivo de puro rico que es; hay otros en los que le despellejaría para hacerme unos guantes con su piel, por cabrón, cuando nos ha dado un día de berrinches, de no querer estar con nosotros, de pedir señalando una cosa y tirarla cuando se la das (su juego preferido), de llamar a su cuidadora, de lanzarnos comida, zumo, etc. Pero incluso en los peores días, tiene un momento en el que sonríe, y noto que segrego saliva de las ganas que me entran de morderle de cariño.

Supongo que eso es la paternidad, ¿no?

Abrazos,


Cacha










martes, 5 de junio de 2007

DÍAS ROSAS, DÍAS MARRONES

Pasar tanto tiempo aquí tiene entre sus consecuencias que hay días de todos los colores. Ya habéis leído hasta ahora cómo nos ha ido y, en cierta medida, cómo nos hemos sentido. En general, el estado de ánimo ha estado relacionado con el signo de los acontecimientos, aunque cuando han pintado bastos, siempre al menos uno de los dos, ha estado ahí para decirle al otro: venga, hay que seguir, no hemos recorrido tanto camino para quedarnos ahora tirados en este sitio tan oscuro.

Ahora pasamos, como os contábamos el otro día, por una cierta normalidad. O eso queremos pensar, ya que hemos pasado de la completa anormalidad a una relativa calma. Pero hay días en los que esto se nos hace muuuuuuuy largo y a la vez muy corto, en los que nos sentimos impotentes para soportar el cóctel de emociones que tenemos aquí todos los días, el tremendo calor, el estar fuera de casa, de nuestras cosas, de nuestras vidas, de nuestro idioma…

También hay días que resulta más difícil soportar la pena por los otros niños; es difícil afrontar que muchos se quedarán allí, sobre todo los enfermos, que nadie les adoptará. ¿Qué pasará con la niña morena del grupo de los enfermos que aparentemente no tiene nada y que cada vez que pasamos a su lado viene corriendo hacia nosotros con los brazos abiertos y mirada de desesperación? ¿Qué hacemos con la cuidadora a la que hemos visto que trata mal a los niños, que les empuja, que les pega coscorrones? ¿Cómo olvidar al pequeñajo que cada vez que ve a Maria se ríe y sale corriendo para llamar su atención? Demasiadas sonrisas, demasiadas miradas inocentes, demasiados futuros de cristal…

Alberto hay días que parece que retrocede con nosotros y eso, aunque sabemos que tiene que ser así, nos descorazona un poco. El viernes pasado fue el día de la infancia en Rusia y Ucrania; con tal motivo, se organizaron visitas a los orfanatos y maratones televisivos para fomentar la adopción aquí en Ucrania y recaudar donativos. El domingo, llevaron a los niños de la casa-cuna de Kryviryh al circo, con entradas donadas por el ayuntamiento. A nosotros no nos permitieron acompañarle, así que aprovechamos la tarde para comprarle algo de ropa: sus primeros pantalones, camisetas, calzoncillos (Maru casi se muere, ¡ella que quería una niña comprando gayumbos talla mosquito!), etc.

Al día siguiente, o sea, ayer, estaba muy raro. De vez en cuando tiene rabietas, finge que está enfadado para probarnos, se queda enfurruñado en un rincón y no hace caso de nuestras llamadas… paro ayer las tuvo continuas. Otras veces se tira al suelo llorando cuando le hemos negado algo, cuando no le hemos dado una galleta más, cuando algún niño le quita un juguete, etc. Reacciones desmedidas, que buscan amparo y llamar la atención. Sabemos que es normal, que hay que tratarle con cariño y con firmeza, que no hay que enfadarse con él, que esta situación si a nosotros nos supone una novedad y, por lo tanto, tensión, para él es mucho mayor, sabemos que la visita el circo cambió su rutina y probablemente le impresionó mucho… Sabemos todo esto, pero hay veces que nos olvidamos de que es un niño muy especial, que a la vuelta a España necesitará muchos cuidados –no sólo médicos- y nos descorazonamos un poco. Sobre todo cuando ayer, una vez que se enfadó con nosotros por no ceder a una de sus rabietas, se dedicó a buscar por el patio a su cuidadora llamándola “mamá” y llamando “mamá” a cualquier mujer que anduviera por allí.

Ya, ya. Somos conscientes de que él no tiene claro que es eso de papá y mamá y que nosotros, de momento, sólo somos dos adultos que le dan una sobrealimentación muy rica y que de vez en cuando le dan besos y achuchones. Y que eso de papá y mamá es una cuestión de tiempo y de paciencia, de estar siempre, siempre, con él, de que entienda que vamos a estar con él toda la vida, que no le vamos a abandonar, que siempre le vamos a ayudar,,. Es decir, a crear el vínculo de confianza y amor que en las familias con hijos biológicos se crean desde el vientre materno y que nosotros tenemos que construir con paciencia, amor e inteligencia. Pero a veces es frustrante.

Hoy no ha querido que Maria se le acercase; sólo ha estado simpático con nosotros por la mañana, hasta que le hemos dado su “post-desayuno”. Después ha estado a su aire, buscando por el patio a sus compañeros de grupo, pendiente de todo el mundo menos de nosotros y señalando a todas las cuidadoras y diciendo “mama”. Esta tarde, igual; he podido contactar un poco con él y, al menos, acompañarle por el patio, jugar un poco con él. Ha habido momentos en los que Maria ni se le ha podido acercar; no ha querido que le coja, no ha querido que se sentara cerca… Al final, al llevarle con su grupo, otra rabieta. Acabamos agotados de intentar permanecer tranquilos antes sus cada vez más continuas rabietas, de analizarle, de intentar saber que pasa por su cabeza. Suponemos que el circo le ha afectado (recuerdo que llevamos a nuestra sobrina Mónica al circo con su edad y tuvo pesadillas varios días); también hay por el orfanato una cuadrilla de obreros que están instalando unas ventanas y que han debido estar por su cuarto, metiendo ruido… No sabemos que le ha podido pasar. Sabemos que es muy pequeño, que tiene muchas carencias afectivas, de estimulación, de todo tipo y que eso se refleja en estas cosas y en otras que irán saliendo.

Hoy, no se por qué, me he acordado de una cosa que me dijo una vez mi padre, no se en cual de las múltiples ocasiones en que les di un disgusto. Muy serio, como él se ponía cuando se enfadaba, me dijo: “Lo único que no voy a perdonarte en la vida es que hagas sufrir a tu madre”. Mi padre me lo dijo cuando yo ya era capaz de entenderle. Alberto no sabe ni siquiera que es un padre y una madre, nunca ha tenido unos.

En el foro de adopción en Ucrania varios padres comentaban que sus hijos son muy independientes, casi despegados, y que se van con cualquiera que les caiga bien y que les ofrezca un caramelo, jugar… Que son demasiado confiados y a la vez despegados de sus padres. Contestaron varios padres más corroborando el problema y dando algunas posibles soluciones, alguna de ellas, a mi entender, exageradas, porque entiendo que hay que darle al niño –que es el más débil de esta historia- la seguridad de que siempre estaremos con él para ayudarle, pero no creo que sea bueno el considerar a un hijo de nuestra propiedad. Lo digo porque hay padres que se quejaban de que algunos niños, con esta actitud, no entendían que para ellos lo más importante son sus padres y que no deben manifestar su cariño y su confianza de igual forma con otras personas y, para eso, proponen no dejar que tengan muestras de cariño con otras personas, que no les cojan en brazos, etc.

Los hijos no son de nuestra propiedad. Son personas distintas a nosotros, con su personalidad, su historia, sus sentimientos. Ellos elegirán si nos quieren o no. Nosotros nos ganaremos su confianza o no. Y eso pasa con los hijos adoptados y con los biológicos.

Es cierto que los adoptados tienen un pasado y una historia de abandonos y falta de atención que les hace ser más independientes, ¡para poder sobrevivir! No podemos pedir que cambien de un día para otro sólo porque nosotros queremos, sólo porque les queremos, sólo porque, en realidad, nosotros si que necesitamos su cariño.

Para eso necesitaremos tiempo, que el retorno a casa sea tranquilo, poder introducirles en una rutina confortable, pasar mucho tiempo con él, a solas, fomentando el contacto físico, los juegos que fomenten la confianza, etc. Para los que nos conocéis, tendremos que veros menos; ya no tendremos esa absoluta disponibilidad que nos ha caracterizado para ir a cualquier sitio en cualquier momento. Ya sabemos que lo entendéis.

Abrazos,


Cacha


PD: por cierto, hoy nos hemos encontrado por la mañana con que la gafas tenían una patilla rota; hemos tenido que llevarlas a reparar de urgencia (esta tarde ya estaban) y hemos encargado otras iguales. Parece que en eso de romper gafas, ha salido a sus tíos los Navascués (que para los que no les conocéis son como los hermanos Dalton, pero con gafas y sin bigote)


domingo, 3 de junio de 2007

¡HOLA!

Soy Alberto




Privit (hola) familia y amigos de Papá y Mamá; soy Alberto; supongo que ya todos me conocéis, mis padres os han estado poniendo fotos mías todos los días y contándoos como nos va la vida por aquí para que me conozcáis un poco mejor.


No se cuantos días me quedan de estar aquí, ni siquiera se que dentro de muy poco dejaré el sitio donde nací, a las personas que me criaron y llegaré a otro país, empezaré a vivir en otra casa y conoceré por fin a mi gran familia; me han dicho que tengo una abuela muy cariñosa, un montón de tíos y tías “colgaos” que están deseando malcriarme y achucharme, perro propio, primos que me van a enseñar a nadar y a compartir los juguetes y muchos amigos de mis papás que me esperan con los brazos y las neveras abiertas. Se que voy a recibir mucho cariño, os aviso que no se dar besos pero me encantan las cosquillas, las galletas y los animales, ¡ah y cuidadito!, morder se me da muy bien. Como cualquier otro niño de 2 años suelo meterme por el sitio más peligroso, me encantan las aventuras, sobre todo ahora que veo mejor con mis gafas nuevas.

Estos dos señores tan simpáticos que vienen a verme todos los días, mamá y papà, me repiten continuamente cosas en un idioma rarísimo que nunca había oído y yo les repito algunas palabrillas solo para ver la cara de tontos que se les pone, jeje. Ya se decir: paka paka (adios), papá y mamá, guau guau, ooopa, ñam ñam y algunas cosillas más. Hoy a mis papás se les han saltado las lágrimas porque les he pedido un besito…que mimosos son…

Tendré que ir poco a poco, el cambio que me espera va a ser muy grande pero se que con vosotros será más fácil. Gracias a todos por escribirnos, sabemos que sois feos pero cariñosos. Os mando una foto mía con gafas para que flipéis y veáis que bien me quedan, con ellas parezco un auténtico Navascués.

Espero poder conoceros y abrazaros pronto. Besitos



(Traducción del original en ruso hecha por su mamá)




sábado, 2 de junio de 2007

OTROS NIÑOS

Todo el mundo que pasa por una experiencia como la nuestra, acaba hablando de otros niños. Los orfanatos o las casas-cuna como la de Kryviryh, es obvio decirlo, están llenas de niños. Unos huérfanos y otros no, ya que hay padres que no pueden (o no quieren) mantener a sus hijos y los llevan a los orfanatos para que los cuiden por ellos, pero no los entregan para que los adopten otras familias. Algunos días, sobre todo los fines de semana, hemos visto a parejas o a madres y padres solos, paseando o dando de comer a algún niño, generalmente niños enfermos.

A veces el abandono se produce porque el niño tiene un problema (Down, parálisis cerebral, retrasos de todo tipo…) y los padres no pueden o no quieren sacarlos adelante. Eso no hace que los niños estén en condiciones de ser adoptados; para ello, o bien deben ser abandonados por sus padres -que deben firmar un acta de abandono y ratificarse algún tiempo después- o el Estado les quita la patria potestad por razones parecidas a las de España: malos tratos, falta de cuidados, etc.

En la casa-cuna de Kryviryh hay unos cien niños, desde los tres meses, más o menos, hasta los cuatro años. En el grupo de Alberto son dieciséis niños, a los que cuidan dos cuidadoras por turno. Un octavo de “madre rotativa” ha tenido hasta este momento. En el grupo de Alberto hay sólo niños, desde un año hasta cuatro. Hay menos niñas porque los ucranianos, como casi todo el mundo, prefieren adoptar niñas. Alguno tiene algún problemilla (hay un pequeñín con retraso) pero la mayoría están bien. Cuando llegamos por la mañana y por la tarde a buscarle, todos nos saludan, nos ponen caritas, intentan llamar nuestra atención, para conseguir una galleta o al menos una sonrisa y un poco de atención. La reina de las sonrisas, obviamente, es Maria. Todos los niños la llaman “mama”, la hacen cucamonas y dicen “paká, paká” cuando nos vamos.

Hay un grupo de niños muy pequeñitos, que no salen al patio, pero a los que les oímos llorar por la ventana. Hay varios grupos de niños enfermitos, con parálisis cerebral, Down, hay una niña casi cieguita, un niño con carita de pena que lleva un costurón enorme en la barriga… Como sucede con los mayores, es el grupo en el que hay más tristeza, pero también, el que más agradece una sonrisa.

En el patio, cada grupo tiene su zona para jugar, con un cobertizo, un arenero, juguetes; los niños aquí nos tienen retrasos de desarrollo por falta de juguetes, sino por falta de cariño. El primer día, nos pusimos lejos del grupo de Alberto para que no les buscase (para él, son lo más parecido a su familia y no queríamos tener competencia y no queríamos confundirles a ellos) y siempre nos ponemos en el extremo opuesto. Al lado, juegan otro grupo de niños que siempre terminan acercándose a nosotros para jugar, para pedir galletas (pichinas), para coger algún juguete. Al principio miran con timidez, escondidos tras la pared del cobertizo que les corresponde. Después, miran con descaro y, más tarde, acaban viniendo a vernos. A Alberto no le hace ninguna gracia; se pone serio y como le demos una galleta a alguno el pide por lo menos tantas como las que hemos repartido, aunque no le quepan en las manitas.

Nosotros, con lo que nos gustan los niños, nos esforzamos por no crear ningún vínculo por ellos; creemos que no podemos gozar de sus sonrisas, jugar con ellos, para dentro de diez días desaparecer y no volver nunca más. Es especialmente difícil con Diana, una niña morena, una princesita siempre sonriente, guapa, amable. Llega con su cubo y su palita, con alguno de esos sombreros infames que les encasquetan y, andando de puntillas se va acercando a nosotros ante la mirada atenta de Alberto. Nos sonríe, señala a algo por sorpresa mientras grita una exclamación con su lengua de trapo para llamar nuestra atención…. y nosotros miramos desesperados a su cuidadora para que se lleve, para que no nos haga sufrir más por esas ganas que nos entran de cogerla, abrazarla, cuidarla y llevárnosla a casa con Alberto.

Las cuidadoras entienden la situación y saben que los padres estamos creando el vínculo con nuestros hijos, así que la intromisión de otros niños no es buena para nadie. Suelen acudir rápido para que los niños no molesten, no pidan muchas pichinas y vuelvan con su grupo.

No sabemos si Diana es adoptable o no. No queremos preguntar, ¿para qué? Las probabilidades de que siga allí dentro de un par de años, que es cuando nosotros volveremos por aquí para buscar a nuestra hija, son nulas y en cualquier caso, no podremos elegir, no podremos volver preguntando por ella. Si es adoptable, quien se la lleve se llevará un joyita, desde luego. De momento, vivirá una vez más que vienen unos papás, juegan y alimentan a un niño que no es ella y un día no vienen más y el niño al que cuidaban tampoco está. Una “mama” y un “papa” son unos humanos mayores, como las cuidadoras (aunque los “papas” son algo raros, son hombres y hablan con la voz grave), pero que ven y vienen y reparten pichinas de vez en cuando. Alberto sigue señalando con el dedo y diciendo “mama” cuando ve a alguna de las madres de las otras familias que andan por aquí.

En su mentalidad, aunque su universo conocido sea el orfanato, el grupo, sus cuidadoras, la mayoría de los niños siente la necesidad de unos padres, de un cariño exclusivo, de ser el centro de atención. Y los niños ven que eso les sucede a los niños que son visitados y desaparecen. Unos amigos que están adoptando ahora en Kiev nos contaban que su niña –que ya tiene cinco años- quería ser adoptada, como, supongo, todos los niños. Sus cuidadoras les contaron que ella una vez preguntó por qué unos padres habían venido para llevarse a otra niña si ella era más guapa y más lista. No se qué pasará por la cabeza de los niños que nunca son adoptados o incluso por aquellos que, como en el caso de V., son visitados alguna vez pero no se los llevan. Por eso no queríamos verle hasta estar completamente seguros de su estado de salud.

Al menos en esta casa-cuna vemos a los niños contentos, se ríen, corren, juegan, están limpios… El orfanato de Kherson, en este sentido, fue bastante peor y sabemos que hay casos bastante peores en Ucrania. Sólo nos podemos llevar a uno, esta vez. Si Dios quiere y nos da salud y fuerzas, volveremos a por más, al menos a por una niña. Para el resto, donativos. No podemos hacer más, por desgracia. Bueno, si, lo que estamos haciendo: contaros como es esto, que se siente, que se vive, para si alguno de vosotros tenía dudas con respecto al amor que se le puede tener a un hijo adoptado, que se le quiten de la cabeza. Para si alguno de vosotros (no de los que nos conocéis del foro de Adopción en Ucrania, evidentemente) tenía algún tipo de reparo con respecto a la adopción y alguna vez se lo planteó pero la vida es tan complicada… que se anime y al menos se piense en serio si tiene vocación de padre/madre "rescatador" como dice Mafer.

Nos consolamos –y os consolamos- al saber que todos los niños que están para adopción internacional y no tienen problemas graves de salud acaban siendo adoptados. También sabemos que hay personas, la mayoría movidos por motivaciones religiosas, que adoptan, específicamente, niños con problemas. Pero son pocos comparados con los que queremos niños sanos, por desgracia

Dentro de quince días volveremos a España, nos centraremos en nuestra vida, en nuestro hijo, en nuestros trabajos… Llegará en otoño, llegará el invierno y este sitio que visitamos dos veces al día seguirá lleno de miradas, de manitas, de sonrisas, que buscan una cara, unas manos, una sonrisa que les responda.

La vida, la cruel vida, la maravillosa vida….

Abrazos,


Cacha


PD: Nosotros, a pesar de que nos llenáis de halagos y de frases amables, llenas de cariño, sabemos muy bien que no somos ni mejores ni peores que antes de adoptar. Somos más “completos” porque ahora somos una familia, pero para nosotros adoptar no ha sido una obra de caridad por la que debamos considerarnos mejores. Ha sido, sencillamente, la forma que Dios nos tenía reservada para ser padres.